martes, 27 de marzo de 2007

Un verdadero Pastor y Mártir de nuestro tiempo.



Aquella canción del “Padre Antonio y el monaguillo Andrés”; de Rubén Blades está inspirada en el asesinato de un verdadero mártir latinoamericano, que en Centroamérica supo vivir dando testimonio de fe y sacrificio para redimir a su pueblo con dignidad y esperanza. Hoy 27 años después sigue dando su sermón comprometido.

Oscar Arnulfo Romero Galdámez nació en Ciudad Barrios, en el Departamento de San Miguel, El Salvador en agosto de 1917. Este pequeño país que tanta historia tiene, con su sufrimiento y lucha por la redención del pueblo pobre centroamericano.

Romero fue ordenado sacerdote el 4 de abril 1942, en 1970 nombrado Obispo Auxiliar de San Salvador; luego de cuatro años es enviado como Obispo a la región cafetera de Santiago de María. En 1977 es nombrado Arzobispo de San Salvador por su perfil de estudioso calmado dentro de la iglesia. Es aquí donde comienza su conversión al pueblo, reafirmando su condición profética.

Del encuentro, quizás deba decir choque, con la realidad conflictiva salvadoreña y la cercanía a los hilos conductores del poder económico y político emergió el hombre que recordamos hoy, quien supo interpretar su tiempo social y ponerse al lado de los excluidos y olvidados de su país. Como punto crucial de esta conversión se ha señalado el asesinato del Padre Rutilio Grande en marzo de 1977, a manos de la Guardia Nacional, “justificado” como producto de un enfrentamiento y acusándolo de subversivo comunista. Grande, quien además de sacerdote es amigo cercano a Romero, golpeó de frente la conciencia de Romero y su papel ante la dura realidad del pueblo salvadoreño de finales de los setenta, que ya vislumbraba la cercana guerra civil que luego azotó ese país por más de doce años, con centenas de miles de muertos.

La injusticia y el abuso de militares, aliados con la clase política y el poder económico nacional, con simpatías en grupos estadounidenses, conllevaron a la movilización de grupos armados contra el orden establecido por el mal gobierno. Desapariciones y asesinatos de campesinos, estudiantes, dirigentes populares, hombres, mujeres y niños, cuyo principal delito era el ser pobres.

Ante la realidad, Mons. Romero decidió acompañar a su pueblo, respondiendo con la denuncia de lo que consideró humanamente injusto, ratificando su opción por los pobres y la convivencia en sociedad. Así el pueblo encontró una voz y una mano amiga; ya no para darle dadivas para soportar el dolor, sino esperanzas para un vivir mejor. Era el Obispo quien denunciaba los abusos del poder y nada menos que desde el púlpito de la Catedral de San Salvador.

Esta opción lo llevó al martirio, el 24 de Marzo de 1980, durante la eucaristía en la Capilla del hospital de la Divina Providencia. Un asesino a sueldo entra y da un certero disparo al pecho de Romero. Muere inmediatamente. El gatillo fue accionado por un hombre, pero en realidad del arma hicieron uso grupos de poder que temieron a las denuncias del Obispo. Se supo luego que el autor intelectual fue Roberto D'Aubuisson, líder de los escuadrones de la muerte, militar, quien llegaría a ser Presidente del país.

Pero la obra de Oscar Arnulfo Romero no llegó hasta ese día. Sus obras, ideas, pensamientos, sus amores a Dios, a la Iglesia y al Pueblo trascendieron fronteras, ideologías y hasta creencias religiosas. Hoy en día Romero sigue siendo punto de referencia en la reconstrucción del país y entre las generaciones jóvenes que quieren cambiar su país. Su pensamiento, que es el pensamiento social de base de la iglesia, guía la construcción de una sociedad mejor, su actuar no violento, de lucha por la paz, por la redención del pobre se mantiene en las organizaciones, movimientos y personas que caminan por un mundo donde impere la justicia. Se cumplió su profecía. “si me matan, resucitare en el pueblo salvadoreño”.

También en el mundo la figura de Romero destaca, ese ejemplo de compromiso cristiano con la vida brilla y orienta caminos. Romero también vive en la memoria de Latinoamérica, de la iglesia comprometida con los pobres, de la lucha por la justicia y la paz. También Europa y el resto de continentes tienen el mensaje de Romero entre sus organizaciones, comités y personas que laboran por el mundo nuevo. Romero nos legó esperanza, su martirio nos recuerda el duro camino del pueblo latinoamericano, pero su valor ante el sufrimiento nos enseña la verdad de la justicia y la paz, el encuentro con la bondad de Dios en la tierra.

A 27 años de su siembra, hay conmemoraciones en El Salvador, y en muchas ciudades del mundo. Desde campañas de arborización hasta reflexiones teológicas, encuentros juveniles, foros, simposios, celebraciones eclesiales y actos de diverso tipo. Todas ellas nos dicen Romero resucitó y está entre nosotros. Han sido 27 años de denuncia y de esperanza para cuantos le seguimos, denuncia de los males que enfrentó, pero también de los que enfrentamos hoy. De esperanza por el futuro de su país y su gente, pero también esperanza para todos los pueblos del planeta.

Desde Mérida nos sumamos a la conmemoración del martirio y resurrección de Romero, nuestra acción y palabra de apoyo a quienes ante la injusticia escogen la justicia, la paz, la defensa de los menos favorecidos y ser dadores de vida, en vez de promover la muerte. La convivencia digna, en respeto a los derechos humanos para todos.

Una última reflexión en tiempo de cuaresma, crucifixión, muerte y sobre todo resurrección; en nuestros días cuales serán las causas de Romero, ¿qué haría Oscar Arnulfo Romero ante los problemas de nuestro tiempo? ¿Cómo ponemos en práctica nuestra opción por los pobres? La injusticia y la violencia estructural subsiste; pero la Iglesia que somos todos, debe participar en el debate para definir el rumbo.

Universidad de Los Andes. Cátedra de la Paz y Derechos Humanos

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